Bahoruco, R.D.
La desesperación se hace sentir en el municipio de Tamayo, donde los precios de los productos de la canasta básica continúan “por las nubes”, asfixiando tanto a comerciantes como a las familias de escasos recursos. Entre unos y otros, la realidad es la misma: un pueblo atrapado entre bolsillos vacíos y un costo de vida que no da tregua.
En el mercado local, los vendedores coinciden en que las ventas están en su punto más bajo. “La gente simplemente no viene… y cuando viene, compra menos”, expresan con frustración. Mientras, las amas de casa aseguran que su ausencia no se debe a falta de voluntad, sino a la imposibilidad de pagar los altos precios. “No alcanza ni para la primera comida del día”, denuncian.
Resignados, muchos consumidores terminan comprando solo lo estrictamente necesario, pese a sus protestas, conscientes de que cada día adquieren menos por el mismo dinero. Esta situación deja al descubierto la vulnerabilidad de una población que lucha por sobrevivir entre la inflación y la falta de ingresos suficientes.
La crisis en Tamayo refleja la realidad de muchas comunidades rurales del país, donde los aumentos sostenidos en la canasta básica han puesto en tensión el equilibrio entre el sustento familiar y la supervivencia de los pequeños comercios.













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